¿Quién no pasó, de chibolo, por la clásica “pichanguita”
de fin de semana (o de recreo) en donde el dueño del balón trataba de imponer
sus reglas como sea, porque si no se iba con pelota y todo, y todos se quedaban
sin jugar? Y, aunque le concedíamos los caprichos, al final todos disfrutaban
del encuentro porque, al fin y al cabo, te guste o no, reniegues o no reniegues
en las redes sociales sobre el mundial, así es el fútbol. Y la FIFA lo sabe
bien. Esta organización (o seudosecta, o club secreto en una casa del árbol de
oro) da la impresión de estar jugando su propio partido a costa de la pasión de
los demás, y llevándose un buen fajo de dinero por lo bajo. Lo cierto es que
siempre se ha hablado al respecto, pero al final la fiebre futbolística
acallaba cualquier denuncia… A excepción de estas últimas fechas, cuando el tío
Joseph Blatter (presidente de la FIFA desde el 1988, que piensa mandarse a sus “cortos”
78 años a la reelección, pero esta vez como “Munra”) se puso en aprietos luego
de las publicaciones de los diarios Sunday Times, The Telegraph y el New York
Times; gracias a las que se está realizando una investigación interna por partedel ex fiscal de Nueva York, Michael J. García. Y todo esto no solamente tiene
que ver con el amarre de plata para realizar los mundiales en uno u otro lugar,
sino también con pruebas de partidos arreglados. Así que afrontémoslo ya: A la
FIFA no le importa que el 30% de tu población sea pobre, o si está plagada de
denuncias de violación a los derechos humanos, o ni siquiera si tu país ha
llegado alguna vez al mundial; si no cuánto le des por lo bajo. Triste realidad mundialista.

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